Por Guillermo Robles Ramírez
Hace dieciséis años, cuando todavía garabateaba en una libreta de hojas rayadas antes de pasar todo a la computadora, me tocó escribir sobre un tal “sexting” que apenas empezaba a rumorearse en las grandes ciudades gringas. Era 2010. Sonaba a moda pasajera de chamacos con celular de botones.
Hoy, mayo del 2026, estoy aquí sentado en la misma mesa de siempre, con el café ya frío, y sinceramente es que ese “juego” ya no es noticia de otro lado. Está en cada mochila de secundaria de Saltillo, de Torreón, de Monclova. Y lo más cabrón: muchos papás lo están regalando envuelto para regalo.
No sé si saben ustedes. Todo empezó como mensajitos coquetos. “¿Qué traes puesto?” … y de ahí, poco a poco, la cosa se calentaba. Nada de fotos, solo palabras. Los chavos lo veían como sexo seguro, sin tocarse, sin riesgos. Una “mano amiga” y listo. Pero los celulares crecieron. Llegaron las cámaras. Luego el internet en el bolsillo. Y lo que era un mensajito se convirtió en foto, en video, en sesión completa.
Hoy, en 2026, ya ni se llama solo sexting. Sigue siendo la palabra, pero la gente lo dice más fácil: “mandar nudes”, “compartir íntimo”, “ese rollo de Snapchat”. Lo mismo, pero con más veneno.
La neta, yo he visto cómo llegó a México. Por ahí del 2012, 2013, cuando los smartphones se volvieron baratos y los papás empezamos a premiar buenas calificaciones con un teléfono “de última”. “Mira, hijo, por sacar 9 te ganaste un iPhone”. Órale, pero sin plática, sin reglas, sin “oye, esto que mandes por aquí se queda aquí”. Y así, sin darnos cuenta, les dimos la llave del problema.
Piensen nomás en las cifras de ahora. En Estados Unidos, donde todo empezó, un estudio fresquecito de febrero del 2026 dice que casi uno de cada tres adolescentes de 13 a 17 años ha recibido un sexting y uno de cada cuatro ha mandado uno. Subió desde 2019.
Acá en México la cosa no se queda atrás. Hay encuestas recientes que hablan de que casi el 45 por ciento de los chamacos de secundaria y prepa han practicado sexting alguna vez. Y no es solo “una foto”. Son imágenes que luego se filtran, se comparten en grupos de WhatsApp, se suben a Instagram o desaparecen en Snapchat… hasta que alguien las captura. O hasta que un ex despechado las manda a todo el salón, o peor: hasta que un desconocido las usa para pedir más, para pedir dinero, para la sextorsión.
Porque eso es lo que cambió en estos años. Ya no es solo entre novios. Ahora hay adultos al acecho, hay hackers, hay “amigos” falsos que empiezan con un cumplido y terminan con un chantaje. Y las consecuencias ya no son solo vergüenza. Son depresión, bullying que dura meses, hasta intentos de quitarse la vida.
Y legalmente… pues sigue siendo pornografía infantil cuando hay menores de 18. El Código Penal Federal no ha cambiado el nombre: sigue siendo delito grave. Pero los chavos no lo ven así. Para ellos es “normal”, es “prueba de amor”, es “lo que hacen todos”.
¿Y quién les da el aparato? Los papás y con la mejor intención. “Es que sin celular no puede estar conectado con sus amigos”. “Es que en la escuela lo piden para las tareas”. “Es que se portó bien”. Y en verdad, yo entiendo. Uno quiere darles lo mejor. Pero fíjense: les damos la herramienta y les quitamos la vigilancia.
Dejamos que el celular sea su cuarto privado, su mundo entero, sin asomarnos ni una vez. Y luego nos sorprendemos cuando la foto de nuestra hija de 13 años anda circulando.
Yo, que estoy por cumplir las cuatro décadas contando historias del norte, he platicado con mamás que descubren tarde. Una me contó el otro día, que su hijo de 15 le había regalado el teléfono a la novia “para que se acuerde de mí”. La verdad, casi me atraganto. Porque esa foto, esa que mandó “por amor”, ya estaba en manos de medio salón. Y el chamaco, en vez de aprender, le pidió otra “para compensar”. Presión de novio. Presión de amigos. Presión de “si no me mandas, no me quieres”.
Las chavas son las que más suben fotos, aunque los chavos ya les están pisando los talones. Empieza como juego, como coqueteo. Termina en lágrimas, en miedo, en “borra todo, por favor”. Y los papás siguen justificando: “es cosa de jóvenes”, “en mi época no había esto”, “yo le confío”. ¡Ande…No!. Confiamos… pero no supervisamos.
Miren, no se trata de prohibir el celular. Se trata de platicar. De sentarse una tarde, sin regaños, y decir: “Mira, hijo, esto que mandas por aquí puede vivir para siempre. Puede caer en manos equivocadas. Puede dolerte un día como no te imaginas”. De poner reglas claras: “Si te doy el teléfono, yo también puedo revisarlo cuando quiera”. De enseñar que el “no” es una respuesta válida, aunque el novio se enoje o los amigos se burlen.
Porque lo que empezó como algo “inocente” en 2010 ya no lo es. Hoy, en 2026, el sexting o como le quieran llamar en TikTok o Instagram, es puerta de entrada a cosas más oscuras.
Y los primeros que podemos cerrarla somos los papás. No con miedo. Con información. Con presencia. Con una plática franca, como las que uno tiene en la cocina después de la cena.
Yo no tengo la fórmula mágica. Solo sé lo que he visto en cuatro décadas de reportero: los problemas que no se atienden a tiempo terminan siendo más grandes de lo que uno cree. Y este, el del sexting, ya está grande. Pero todavía estamos a tiempo de que no nos rebase.
La próxima vez que piense en premiar a su chamaco con un celular nuevo, pregúntese: ¿le estoy dando una herramienta… o una bomba de tiempo? La respuesta, lectores, la tienen ustedes en sus casas. Y ojalá la platique antes de que sea tarde. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org







