Por Alfonso G. Miranda Guardiola
Habíamos escogido el tema del espectro autista, para exponerlo en el Encuentro Nacional de Pastoral Familiar en la Diócesis de Valle de Chalco, y habíamos dado con un joven psicólogo experto en el tema, que trabajaba en su municipio atendiendo a familias con hijos con ese problema. José María comenzó su exposición ante 300 agentes de pastoral familiar y sacerdotes de todo el país, diciendo que de joven, antes de casarse, se había trazado una imagen ideal de papá y de una familia para su futuro, imagen que fue tomando forma una vez que se casó y tuvo su primer hijo, sin embargo, al paso de casi tres años de matrimonio, cuando su hijo cumplía dos, empezó a notar algo raro, su hijo, repentinamente dejó de hablar y de comunicarse, y se sumergió en un profundo silencio, como si lo hubieran desconectado. Ahí empezó una nueva vida para él y su esposa, con el descubrimiento de que su hijo tenía autismo severo. Vivieron el duelo al saber esa noticia por varios meses, pero José María tuvo que ponerse las pilas, e investigar a toda velocidad la forma de ayudarlo. Acomodarse a sus limitaciones, repeticiones, mutismo, gruñidos extraños, y un sin fin de características desconocidas. Como pudieron, él y su esposa, fueron adaptándose a la situación, no de una manera fácil por supuesto, no obstante, un poco más tarde decidieron nuevamente embarazarse, y al paso de otro año, tuvieron un segundo hijo varón, sin embargo, más pronto que el anterior, se dieron cuenta que venía con un problema: nació con síndrome down. Ya con la experiencia de un duelo, tuvieron que echarse otro encima, sacar fuerza de flaqueza, buscar resiliencia donde hubiera, y enfrentar la vida, como venía. Por supuesto que su vida era completamente diferente al resto de las familias, ya que no podían actuar de una manera normal en la escuela, en la misa, en los cines, en los parques, en los restaurantes y en todas partes, porque en todo lugar, no eran iguales. El segundo niño traía un ángel natural que despertaba la ternura en todo aquel que lo miraba o trataba, pero no era el caso del primero, quien tenía mayores dificultades para relacionarse. Sin embargo, poco a poco, dificultosamente, los papás fueron amoldándose. Fue en este momento, con el mayor de 8 años, y el menor de 5, cuando José María aceptó ir a compartir su experiencia al Encuentro, queriendo transmitir su conocimiento, para que todas las familias fueran más sensibles a estos niños, para que fueran más comprensivas e incluyentes ante estos casos, y para hacer visibles a estos pequeños, que muchas veces pasan desapercibidos, y sobre todo para construir estructuras de apoyo a tantos niños con estas discapacidades y a tantas familias que viven con estas dificultades, sin embargo, lo más poderoso, que llenó y golpeó mi corazón, con tanta fuerza, fueron las últimas palabras que nos dijo:
Estando hoy con ustedes en este seminario, no he podido dormir, aquí, solo, en mi cuarto y sin ruido, acostumbrado a oír todas las noches los hiperactivos sonidos de mis hijos. Como les dije, yo había idealizado una imagen de familia, me había formado una idea de ser papá, sin embargo, hoy no conozco otro modo, hoy no concibo mi vida de otra forma. La manera en que hoy soy papá, esposo, y los hijos que Dios me dio, no lo cambio por nada.
El autor es Obispo de la Diocesis de Piedras Negras







