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El Principito

16 de julio de 2025

Por Alfonso G. Miranda Guardiola

Había invitado a los alumnos del seminario menor de Piedras Negras a un círculo de lectura para analizar el Principito. Se los dí con un mes de anticipación para que “voluntariamente” lo leyeran. Y ahí estaban los seminaristas en el salón de Propedéutico, junto a un servidor, cafecito en mano. A ver platíquenme cómo les fue con el libro. Al primero le llamó la atención el rey que necesitaba sentirse poderoso, aunque no tuviera súbditos; el segundo habló del vanidoso que en su pequeño mundo también sin habitantes, necesitaba sentirse admirado; el tercero describió al bebedor que bebía para olvidar la vergüenza que le daba el beber; el cuarto platicó del contador que no podía dejar de contar porque no tenía tiempo ni para saber por qué contaba; el quinto le gustó la descripción de cómo el amor y la amistad estaban detrás de la flor, y del zorro. El sexto hizo referencia a otros libros que abordaban la obra desde el punto de vista bíblico y filosófico; el séptimo dijo que lo había tenido guardado en su librero pero que hasta ahora le había llegado el momento de empezar a leerlo; el último indagó datos personales del autor y de la época, y descubrió fascinantes misterios escondidos. Algunos no alcanzaron a leerlo completo por lo que se los dejé de tarea. También les dije, que lo ideal sería leerlo en el idioma original, que eso no tenía comparación. En fin fue un buen comienzo, pronto analizaremos otras obras inmortales. Aquí va mi breve reseña:

Pequeña obra escrita en abril de 1943, por el francés Antoine de Saint-Exupéry, de gran profundidad, dirigida a todo público, especialmente a jóvenes y niños. Pero, ¿por qué es un clásico? Porque enseña verdades atemporales, que traspasan las épocas y se aplican en todo tiempo y lugar. Es una obra que nos habla de cómo no son las cosas complejas las más importantes de la vida, sino los detalles, los aparentemente más sencillos y humildes, como cuidar una flor, tener un amigo, crear lazos, platicar, servir a los demás, mirar el cielo, las estrellas, y jugar con los animalitos.

Por otra parte desdobla la realidad, y esto es quizá, lo más maravilloso del libro, pues crea otras realidades fuera de nuestro mundo, por más inverosímiles que parezcan, y con ello nos muestra nuestra propia realidad de una mejor manera, y nos la hace ver, de una forma más nítida y profunda. Hace una crítica fina de la sociedad, exponiendo algunos de sus absurdos: como el querer estar por encima de los demás a toda costa; el deseo humano de la vanidad y de lo superfluo; las acciones sin sentido, esto es, el no saber a dónde se va, o el por qué se hacen las cosas.

 

A los dos días de este escalofriante ejercicio, fuimos a un día de campo de fin de curso con los seminaristas, pero antes de salir de mi casa muy temprano le escribí al Rector: Buenos días Padre Toño, ¿habrá café en la quinta? – No llevamos, señor obispo, me respondió. ¿Gusta que le consigamos uno? – No te preocupes, le dije, creo poder sobrevivir. En ese momento el mismo padre, acompañado de algunos seminaristas, iban por una de las solitarias y soleadas carreteras del norte de Coahuila, y a lo lejos vio un puestecito a la orilla del camino, bájate Checo, y pregunta si hay café. No me vayas a fallar. De eso depende tu vocación. Y se bajó Sergio, seguro de sí mismo, un poco temeroso, pero muy consciente de su importante misión. Llegó y preguntó a la humilde dependiente: Buenos días, ¿tiene café? Porque es para mi obispo, no me diga que no, por favor, porque de eso depende mi vocación.

 

Al llegar al rancho, atravesando un camino de terracería, todo parecía muy tranquilo, no se veía a nadie, sólo un huerto de frondosos nogales remataba el fondo del paisaje. A lo lejos vi a dos seminaristas que venían corriendo, a abrir la reja, con las manos vacías…

El autor es Obispo de la Diócesis de Piedras Negras, Coahuila

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