Por Guillermo Robles Ramírez
El tiempo pasa y algunas cosas parecen no cambiar nunca. Hace ya 32 años, un hombre subió a un podio en México y soltó unas palabras que, por un momento, hicieron que todo el país se detuviera a escuchar.
Era Luis Donaldo Colosio, candidato a la presidencia, y su discurso del 6 de marzo de 1994 fue como un rayo de luz en medio de la niebla política. Muchos políticos lo han citado después, queriendo hacerlo suyo, como si esas ideas fueran un talismán para ganar votos.
Piensen en expresidentes como Ernesto Zedillo, Vicente Fox, Felipe Calderón o Enrique Peña Nieto, que lo mencionaron en sus tomas de posesión. Incluso Andrés Manuel López Obrador, en su momento, tocó temas parecidos al hablar de la dignidad de los pueblos indígenas y la lucha contra la pobreza, aunque no lo usó directamente. Y ahora, con la presidenta Claudia Sheinbaum al mando desde 2024, uno se pregunta si esa esencia sigue flotando en el aire, o si se ha diluido aún más.
Sin embargo, al día siguiente de esas promesas, todo parece volver a la rutina, y ese pensamiento inspirador se desvanece como el humo de un cigarro. Ese discurso, lleno de una esperanza que nunca aterrizó del todo para nosotros los mexicanos, sigue resonando en mi mente como una anécdota que mi abuelo me contaba. Él, que vivió aquellos años turbulentos, siempre decía: «Muchacho, Colosio vio el futuro y lo pintó crudo, pero nadie quiso escuchar de verdad».
Han pasado gobiernos de todos colores como PRI, PAN, Morena y México aún lidia con reclamos justos de hombres y mujeres hartos de la arrogancia en las oficinas del gobierno. Hay veces que considero de recientes años a la fecha algunos políticos se han aprovechado del uso de la tribuna para dividirnos con etiquetas. Pobres contra ricos, fifís contra chairos, conservadores contra progresistas… Es como si el juego fuera mantenernos separados para que no nos unamos en lo que realmente importa.
Y mientras tanto, las comunidades indígenas y los campos más olvidados siguen esperando esa justicia que se promete cada sexenio, como un cheque que nunca llega. Un ejemplo de ello ha sido cómo el gobierno federal a veces parece olvidar a los jóvenes. Universidades públicas que podrían ser faros de oportunidad, pero que luchan con presupuestos raquíticos; mujeres que pelean por igualdad en un mundo que aún las ve como segundas; empresarios que, sin estímulos fiscales decentes, terminan desmotivados y cerrando puertas.
En resumen, México sigue en esa espera eterna, donde la anarquía se disfraza de orden, la dictadura se esconde en decisiones unilaterales, el caudillismo revive en figuras carismáticas, y la simulación política nos vende espejismos. Ah, y no olvidemos la demagogia, esa perversa arte de prometer el cielo sin tocar la tierra.
Todo esto me recuerda a una vez que visité un pueblo en el sur, donde un viejo campesino me dijo, con una sonrisa resignada: «¿Cambios? Sí, cambian los nombres, pero el hambre sigue igual». Y no hace falta ir tan lejos solo basta con visitar zonas rurales en donde se encuentra la gente del campo quienes dirán lo mismo.
El discurso de Colosio, ese que tanto se menciona pero poco se aplica, fue pronunciado hace 32 años, y apenas 17 días después, el 23 de marzo, lo traicionaron y lo asesinaron en Tijuana. Fue el único mexicano que, en mi opinión, tuvo una visión real para dar soluciones, no solo promesas vacías como las que oímos en campañas actuales. «Prometer no empobrece», dice el dicho, y vaya que lo saben bien los políticos de hoy.
Colosio habló con sensibilidad, pintando una realidad cruda de lo que le pasaría al país si no actuábamos. Dejó puntos clave sobre la mesa que, al parecer, molestaron a los avaros del poder, prefiriendo silenciarlo antes que cambiar.
Siempre hablaba de una nueva etapa, una era fresca donde enterraba a los «dinosaurios» del PRI, esos que se creían eternos. Requería un cambio de raíz, y hasta anticipó la derrota de su partido antes de que el PAN llegara al poder. «Hoy vivimos en la competencia… para hacerlo se dejan atrás viejas prácticas… un PRI que solo dialogaba consigo mismo y con el gobierno, las de un partido que no tenía que realizar grandes esfuerzos para ganar… hoy no tiene triunfos asegurados, tiene que luchar por ellos…».
Fue el primero en admitir errores pasados e irresponsabilidades, algo que, piénsenlo un momento, cuesta trabajo ver en los líderes de ahora. Ahí está su discurso, advirtiendo desde 1994 sobre la crisis en comunidades nativas. Y aunque han pasado décadas, el agravio persiste, agravado por cosas como la sequía.
Los tarahumaras en la sierra de Chihuahua siguen sufriendo, aunque, para ser justos, las cosas han mejorado un poco en los últimos años gracias a lluvias mejores en 2025 y 2026. Similar en Coahuila, con los Mascogos en el ejido Morelos, descendientes africanos traídos por los Kikapúes, que aún batallan con falta de agua y alimentos para sus familias y ganado, afectando a miles.
Pero no son los únicos; hay comunidades en el anonimato que claman ayuda. Colosio lo dijo claro: «… veo un México de comunidades indígenas, que no pueden esperar más a las exigencias de justicia, de dignidad y de progreso… campesinos que aún no tienen las respuestas que merecen… un campo empobrecido, endeudado…».
Un día como el 6 de marzo, pero 32 años atrás, ya se vislumbraba un país con más desempleo, especialmente para los jóvenes egresados. Si hubiéramos actuado entonces, quizás miles no hubieran caído en la desesperación que los empuja al crimen organizado.
Colosio, ese joven visionario del PRI, lo recalcó: «… veo un México de trabajadores que no encuentran los empleos ni los salarios que demandan… de jóvenes que enfrentan todos los días la difícil realidad de la falta de empleo, que no siempre tienen a su alcance las oportunidades de educación y de preparación. Jóvenes que muchas veces se ven orillados a la delincuencia, a la drogadicción…».
Durante todos estos años, poco se hizo, y el tiempo sobró para evitar lo que creció sin control. Quizás lo tildaron de exagerado, como hoy ignoran la lucha por equidad de género o el burocratismo que ahoga oportunidades.
Hace 32 años, alguien nos advirtió lo que pasaría si no cambiamos políticas y formas de gobernar, condenándonos a estos problemas sociales. Pero ¿y si miramos con optimismo? En los últimos datos, hay avances en la pobreza en poblaciones indígenas bajó un poco, y la sequía se ha aliviado en regiones clave.
Aun así, el eco de Colosio nos recuerda que no basta con promesas; necesitamos acción real. Pienso en mi propia juventud, cuando salí de la universidad y busqué trabajo durante meses, sintiendo esa frustración que él describía. Hoy, me doy cuenta de que su mensaje no era solo político; era humano, un llamado a no olvidar a los marginados.
En México, hemos visto intentos de cambio, como programas sociales recientes que han ayudado a millones, pero la brecha sigue ahí. Tomemos, por instancia, cómo en 2025 la tasa de desempleo juvenil rondaba el 4.8%, casi el doble del promedio nacional, y un tercio de los desocupados son chavos de 15 a 24 años. Eso duele, porque son el futuro.
Colosio no solo criticó; propuso un México unido, lejos de divisiones. Me cuestiono, ¿no sería hora de rescatar esa visión?, y no como un relicto del pasado, sino como guía para el presente. Escuchen ese discurso de nuevo hay recopilaciones en redes sociales. Podría inspirarnos a presionar por lo que merecemos, sin esperar al próximo sexenio. Porque al final, el cambio no viene solo de arriba; viene de nosotros, platicando, actuando, recordando. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org







