Por Alfonso G. Miranda Guardiola
Venía de haber celebrado ese sábado por la mañana dos misas de confirmaciones en la parroquia de Guadalupe de Palaú, del municipio de Múzquiz (al terminar el párroco, padre Jerry nos agasajó con una comida de camarones al pipián, provocando que la señora que me acompañaba exclamara: ¡Con esto me pueden envenenar!. A lo que su esposo, ni tardo ni perezoso, y con 35 años de casados a cuestas, replicó con voz trémula: ¿no tendrán por ahí la receta por favor? Por lo que la señora enfurruñada reclamó: mírelo señor obispo. Tú te pusiste de pechito, le contesté, ni cómo ayudarte, jeje. Después de lo cual nos dirigimos al templo del Sagrado Corazón en Villa de Esperanzas, cerquita del famoso pueblo de Barroterán, para celebrar la tercera misa cuando el carro que iba por delante y nos guiaba, se desvió de la ya de por sí sola y desolada carretera rural, tomando rumbo por una minúscula calle hacia un pueblecito muy apartado llamado Mineral de Rancherías, donde la gente ya me estaba esperando. Bajé del carro, ya revestido, y saludé a toda la gente con muchísima emoción. Eran unas 30 personas. Después de abrazar a cada una de ellas les pregunté si alguien tenía alguna palabra que decirme, e inmediatamente una señora tipo lideresa tomó la palabra, y con los fuelles en la mano, empezó a decir que me había tardado mucho en llegar, que tenía mucho calor, que ya tenía mucho rato esperándome. A lo que respondí que si todos en el pueblo, eran así de buena onda como la señora, provocando la risa nerviosa de todos. Así mismo le habla a los políticos cuando llegan a pasar por aquí, contestaron. Como quiera me sacaron una fecha y me comprometieron para celebrarles su fiesta patronal a finales de noviembre por la Divina Providencia. Me despedí, no sin antes tomarnos la foto comunitaria. ¡No se olvidé de mí! Me sentenció la lideresa. ¿Cómo olvidarla? Le contesté. Después de ahí, avanzamos rápido por la misma calle pavimentada pero rural, para no llegar tarde. Yo venía comentando lleno de alegría lo que acababa de vivir con el matrimonio que me acompañaba, cuando de repente, en un instante, de reojo, apenas alcancé a ver a una señora, entre arbustos y piedras, sentada en una silla de ruedas, completamente sola a la vera del camino, afuera de una cerca de alambre y bajo el sol, toda vestida y arropada hasta la cabeza, que se desgatiñaba saludándonos. ¿Cómo nos reconoció? ¿Quién le dijo que venía el obispo en ese carro en particular? Todo sucedió tan rápido. En ese instante le digo al amigo que conducía, párese por favor, vamos con la señora. Dimos la vuelta, me bajé, y no puedo narrar, mucho menos explicar el cúmulo de emociones que se vivieron en ese instante, me acerqué, la abracé, besé su cabeza, y ella no dejaba de alabar y bendecir a Dios: “Sabía que me escucharía, sabía que vendría”, no se cansaba de exclamar. Dios la ha escuchado, Él no se olvida de usted, le decía un servidor. Lloraba, y expresaba con todas sus fuerzas su júbilo y su agradecimiento a Dios nuestro Señor. Y yo no dejaba de admirarme. ¿Cómo Dios lo había hecho? Fue tan solo un instante, un parpadeo, con el que la alcancé a ver, un reflejo improvisado, inesperado. Pero fue suficiente para descubrirla, y que Dios le hiciera el milagro. Yo mismo estaba asombrado. Así de grande es Dios, que nunca olvida a sus pequeñas ovejas, a las más pobres, por más alejadas que estén (Sal 33). Esa señora sola, sólo tenía a Dios como garante, como abogado, como vigilante, como custodio, como defensa. Y ella estaba segura que Él actuaría, y que no la dejaría sin esa hermosa bendición. Sólo en Él confiaba y no la defraudaría. Sola contra el mundo, sólo Dios con ella. Antes de despedirnos salió su hija, y con ella la dejamos. La señora se llama María Margarita.
Todavía llegaríamos al ejido la Mota, a saludar y escuchar a la gente hermosa y humilde que en la plaza nos esperaba. Para llegar después a Esperanzas donde en la entrada del pueblo, una carroza jaloneada por un caballo rebelde
nos conduciría junto con toda la comunidad hacia la Iglesia, donde haríamos la misa. Al terminar, convivimos con los niños y jóvenes del Templo, y hasta una canción me compusieron, pero fue tan sólo unos minutos, porque teníamos, como de costumbre, el tiempo contado, y nos esperaban casi 4 horas de distancia, para llegar hasta Acuña, para bendecir la emblemática Cruz Monumental de esa pujante, y también lejana ciudad. Bendito Dios, llegamos a tiempo. Pero esa, es otra historia.
El autor es Obispo de la Diócesis de Piedras Negras







